viernes, 26 de mayo de 2017

Lujo pambolero


El marketing hace de las suyas en todos lados, se mete y se instala en la vida de las personas y abre un camino para hacerse de un nicho de fieles seguidores de aquello que venden, de esas cosas que construyen una necesidad material.



Su omnipresencia cobija lo visible: arte, moda, deportes, política, ideologías, lo que le pongan; tiene la habilidad de reptar por los lugares más inhóspitos, contagiando de materialismo, saliendo victorioso.


Con el paso de los años, el fútbol se convirtió en una vitrina que tiene proyección nacional, y gracias a la globalización mediática, el mercado internacional es un aliado que puede igualar, o superar, las ganancias locales.



La publicidad se encuentra en las vallas que están alrededor del campo de juego, en mantas sobre el piso, en espectaculares, en animaciones a cuadro dentro de la transmisión, pero sobre todo, de donde nunca se mueve es de las playeras de los jugadores.


La colocación de las marcas en el pecho de la armadura es un patrón generalizado, son entradas económicas para los clubes. De eso dinero depende la contratación de un crack, un jugador que hará la diferencia en la temporada.



Desde que se dejó de lado la pasión por el juego y el fútbol se convirtió en un negocio redondo que gira por todo el planeta, la necesidad de las directivas por atraer más capitales se volvió una urgencia.


Los patrocinadores son vastos, desde el rubro automotriz o las casas de apuestas, hasta los grandes consorcios financieros bancarios, quienes, incluso, han logrado hacer que las ligas de fútbol lleven su nombre a cambio de una cuantiosa rebanada de pastel rellena de dólares.


Colocar una marca en el frente no es una tarea sencilla. Cuando se logra, las alianzas se anuncian a los medios de comunicación y el nombre comienza a circular por doquier, sin embargo lo que venden los patrocinios son productos de uso general.


Los jugadores pocas veces utilizan lo que ofrecen los socios del club, pero son un gran modelo de portar marcas que no tienen relación alguna con el deporte, como los nombres de los grandes diseñadores, las llamadas marcas de lujo.



En las calles, antros y galas, los futbolistas muestran el glamour dejando de lado el sudor de la camiseta. Visten las prendas con gran soltura e innovan en el vestir, imponiendo una moda, como esa de usar traje oscuro con tenis negros de base blanca.


El diseñador inglés Sean Bull se dio cuenta de este fenómeno, la fusión del fútbol con lo elegante, y emprendió el proyecto llamado Luxury Brands Football Kits, una colección de playeras con patrocinadores majestuosos.



Dior, Givenchy, Prada, Chanel, Hermés o Gucci son algunas de las tipografías glamourosas que se introducen en el pecho de las camisetas de equipos como el Paris St. Germain, Real Madrid, Juventus, Mónaco, Milán o la Roma.


Y no sólo los nombres de prestigio, sino que el diseño total de la playera tiene los elementos de prestigio que encumbran a las marcas. Algunas sobrias, otras más cargadas, pero hay la seguridad de que si salieran al mercado, se agotarían en un corto periodo, aunque su precio sería elevado.



Si quieren ver más de los diseños de Bull, den click en su apellido.

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